Internet y sus sorpresas: cuando el producto eres tú

Tu teléfono no necesita escucharte para conocerte. Así funciona el rastreo de datos, por qué importa y cómo cuidar tu privacidad digital.

Introducción: Te pasa a ti, me pasa a mí: buscas un repuesto, comentas que quieres cambiar el televisor, o ni siquiera lo buscas, solo lo piensas… y al rato todos los anuncios te ofrecen eso. Mucha gente concluye que su teléfono la escucha, pero la explicación real es más inquietante: para conocerte no hace falta escucharte. Esta es mi opinión, con base técnica, sobre qué ocurre con tu privacidad digital y por qué hoy el producto somos nosotros.

Nota de contexto: escribí la primera versión de este texto en plena pandemia (2020-2021). Lo actualicé en octubre de 2026 porque el tema sigue vigente y ahora se cruza con la inteligencia artificial generativa y con una nueva ley de datos personales en Chile. Es una publicación personal: opinión con base técnica, no un paper.

Por qué es importante

Casi todos usamos a diario dispositivos que reportan información sobre nosotros, y casi nadie entiende cuánta ni a dónde va. Ese desconocimiento tiene consecuencias que van más allá de ver un anuncio de más: afecta qué información recibimos, cómo nos informamos y, al final, cómo pensamos y votamos. Entender cómo funciona es la primera defensa.

Desarrollo

Qué entregamos sin darnos cuenta

Cualquier dispositivo que se conecta a internet entrega, de una forma u otra, información sobre quien lo usa:

  • Qué páginas visitas y lo que haces en ellas (qué miras, cuánto te demoras, dónde haces clic).
  • Tu dirección IP, que te ubica en un proveedor de internet y, por lo tanto, en una zona geográfica aproximada.
  • Tu navegador y tu sistema operativo (Chrome, Firefox, Safari; Windows, Linux, macOS, Android, iOS).
  • Tu ubicación, si diste permiso a alguna app, y a veces incluso si no lo diste a propósito.

Además, cuando configuras por primera vez un teléfono Android o un equipo nuevo, es habitual que te pregunten si quieres “participar en el programa de experiencia de usuario”. Se supone que esos datos se envían de forma anónima y sirven para mejorar el producto. Normalmente incluyen:

  • Qué aplicación usaste (por ejemplo, Facebook).
  • A qué hora la abriste.
  • Cuánto tiempo la usaste.
  • Desde qué IP te conectaste.

Muchas apps y sitios web además envían muestras de actividad. Si escribiste algo en un buscador, a veces ese texto se registra, aunque no lo hayas enviado.

Estos datos no se guardan todos en el mismo lugar ni los usa la misma empresa. Pero cuando se cruzan, que es lo que sabe hacer muy bien la industria de la analítica de datos, se pueden armar perfiles de usuario tan precisos que, en algunos aspectos, pueden conocerte mejor de lo que tú crees.

¿Nos escuchan los teléfonos? La respuesta técnica

Hasta hoy no hay evidencia sólida de que las apps graben en secreto lo que hablas para venderte cosas. Sí hay asistentes de voz que graban cuando detectan su palabra de activación, y cualquier app con permiso de micrófono podría hacerlo, así que conviene revisar esos permisos. Pero la explicación más frecuente es otra:

  1. Rastreo entre sitios y apps. Cookies de terceros, píxeles de seguimiento y SDKs incrustados en las aplicaciones reportan lo que haces a las mismas redes publicitarias, aunque estés en sitios distintos.
  2. Identificadores de publicidad. Tu teléfono tiene un ID de publicidad (GAID en Android, IDFA en iOS) que las apps usan para reconocerte entre ellas.
  3. Fingerprinting. Aunque borres cookies, la combinación de tu navegador, resolución de pantalla, fuentes, idioma y zona horaria puede ser casi única.
  4. Correlación. Tu ubicación, tus búsquedas, tus contactos y lo que hacen las personas parecidas a ti permiten predecir qué te interesa. Si estuviste conversando con alguien que justo buscó ese televisor, y ambos comparten la misma red Wi-Fi o ubicación, la publicidad puede “adivinar” el tema sin que nadie lo haya dicho en voz alta.
  5. Tu propia atención. Hay un componente psicológico (la llamada ilusión de frecuencia): cuando algo te interesa, empiezas a notarlo en todas partes.

La conclusión es incómoda: para que te conozcan tan bien no se necesita un micrófono. Se necesita cruzar datos.

Del dato al perfil, y del perfil a lo que ves

Con todos esos rastros, las empresas de analítica (con técnicas como Big Data, Machine Learning y Deep Learning, que son más complejas de explicar en simple, pero que al final se reducen a lo mismo: analizar datos) construyen un perfil por cada usuario. Y ese perfil se usa para decidir qué información te llega.

A veces circulan memes que dicen “eres un libre pensador”. Claro, tus pensamientos los controlas tú. Pero qué ideas, noticias y opiniones llegan hasta ti ya viene filtrado, y con el tiempo ese filtro puede terminar moldeando una forma de pensar que sientes como propia.

Para entender por qué esto importa, me apoyo en cinco ideas.

Idea 1. El capitalismo de la vigilancia

La académica Shoshana Zuboff (psicóloga social y profesora emérita de Harvard Business School) acuñó el término “capitalismo de la vigilancia” en su libro The Age of Surveillance Capitalism (2019). Describe cómo el comportamiento de los usuarios en internet se convirtió en materia prima que se extrae, se analiza y se transforma en ganancias.

Al principio, el modelo no parece tan malo. ¿Qué tiene de malo ver publicidad que realmente te interesa en vez de avisos al azar? Suena a una relación ganar-ganar: el usuario no soporta anuncios inútiles y las empresas llegan a quien podría comprar. Pero la pregunta clave es otra: si el servicio es gratis, ¿quién paga? La respuesta corta es que el producto no es el servicio, sino quien lo usa.

Una precisión técnica que vale la pena hacer: plataformas como Facebook o Google no suelen vender tus datos en bruto; lo que venden es acceso a tu atención, segmentada con esos datos. Quienes sí comercian con datos son los data brokers, un mercado menos visible. Otra cosa es lo que pasó en el caso de Cambridge Analytica (2014-2018): una app de test de personalidad, creada por Aleksandr Kogan, aprovechó las reglas permisivas de Facebook de la época y recolectó datos de decenas de millones de usuarios y de sus contactos (Facebook habló de unos 87 millones), que terminaron en manos de una consultora política sin que esas personas lo supieran. Zuckerberg tuvo que declarar ante el Congreso de EE.UU. en 2018 y la FTC sancionó a Facebook con US$5.000 millones en 2019.

Cuánto influyó realmente ese caso en la elección de Trump en 2016 sigue siendo materia de debate. Lo que sí quedó claro es que los datos de millones de personas se obtuvieron de una forma que nadie esperaba ni autorizó.

Idea 2. La capacidad de agencia

En ciencias sociales, la agencia es nuestra capacidad de actuar de forma independiente según nuestros intereses y de tomar decisiones sobre nuestra vida. Está siempre en tensión con la estructura que nos rodea (creencias, cultura, género, contexto económico, etc.).

En psicología, Albert Bandura la puso en el centro de su teoría sociocognitiva: las personas no somos solo producto del ambiente, sino que ambiente, características personales y comportamiento se influyen mutuamente, y la agencia es nuestra capacidad de intervenir en ese juego, fijarnos metas y planificar cómo conseguirlas.

Hasta aquí, parece que un perfil de nuestro comportamiento no es tan grave, porque seguimos siendo dueños de nuestras decisiones. Pero aquí entran los algoritmos.

Piensa en la última vez que te pasó esto: estabas viendo un video de música en YouTube y cuatro horas después estabas viendo a John Plant o a Mr. Heang construir una casa en medio del bosque. ¿Fue una decisión tuya? ¿Cuántos de los videos que ves los elegiste tú y cuántos te los sugirió la plataforma? Lo mismo con Spotify, Instagram o Facebook. Parece inocente, pero detrás hay una vigilancia constante de lo que miras y de lo que ignoras.

El problema real aparece cuando buscas algo, ya sea en Google o en la barra de tu plataforma favorita, y los resultados no son los mismos que ve otra persona, sino que están ajustados a tu perfil. Ya no tenemos el mismo acceso a la información. Es como entrar a la Biblioteca Nacional y que, según tu RUN, te dijeran que solo puedes leer ciertos libros o hacer ciertas consultas. Así, la agencia se debilita no porque alguien nos obligue, sino porque lo que podemos elegir ya fue elegido de antemano.

Idea 3. La amígdala y las creencias

En el cerebro hay una región llamada amígdala, parte del sistema límbico, que participa en las reacciones emocionales y en la respuesta de “lucha o huida” ante una amenaza. Es una adaptación evolutiva útil.

¿Qué tiene que ver con las fake news? Un estudio del Brain and Creativity Institute de la Universidad del Sur de California (Kaplan, Gimbel y Harris), publicado en Scientific Reports, usó resonancia magnética funcional en 40 personas mientras se cuestionaban sus creencias. Encontraron que las personas cambiaban de opinión con más facilidad en temas no políticos que en temas políticos, y que quienes más se resistían mostraban mayor actividad en la amígdala, la corteza insular y la red neuronal por defecto (asociada a nuestra identidad). En otras palabras: cuando se cuestiona una creencia central, el cerebro reacciona, en parte, como si fuera una amenaza.

Con frecuencia este fenómeno se asocia con el llamado “efecto backfire” (o efecto boomerang): la idea de que mostrar evidencia contraria no solo no convence, sino que refuerza la creencia original. Aquí conviene ser honesto: ese estudio no demuestra el backfire, solo muestra resistencia y actividad cerebral. Y trabajos posteriores, como el de Thomas Wood y Ethan Porter (“The Elusive Backfire Effect”, Political Behavior, 2019), probaron decenas de temas con miles de personas y encontraron que el backfire es raro. Lo que sí es común es algo más sutil: nos cuesta cambiar de idea y, sobre todo, tendemos a buscar lo que confirma lo que ya pensamos (sesgo de confirmación).

Dicho de otra forma: no es imposible debatir con alguien que cree algo muy distinto, pero es mucho más difícil de lo que nos gustaría cuando la creencia toca nuestra identidad. Y si encima vivimos rodeados de gente que piensa igual que nosotros, esa dificultad se multiplica.

Un problema de fondo es que no tenemos un interruptor automático que nos avise cuándo estamos razonando con la corteza prefrontal y cuándo estamos reaccionando desde el sistema límbico.

Idea 4. El marketing y los hábitos adictivos

El marketing lleva décadas aprovechando conocimiento de psicología y neurociencia: cómo se ordenan los productos en las góndolas, la música ambiental que se elige para que compres más, el uso de la emoción en la publicidad. Son “hackeos” a la manera en que decidimos.

Ese mismo conocimiento se aplicó al diseño de las plataformas digitales: el gesto de refrescar la pantalla, las notificaciones que anuncian cuánta gente reaccionó a tu foto o comentario, el scroll infinito. Todo apunta al sistema de recompensa del cerebro (en el que participa el núcleo accumbens).

En personas adultas esto puede ser un problema menor, aunque nadie está inmune. En niños y jóvenes preocupa más, porque su cerebro aún está en desarrollo, y existe cada vez más debate sobre sus efectos. Así como no consideramos prudente introducir a los menores al tabaco o al alcohol (salvo que seamos accionistas de ChileTabacos o de CCU), vale la pena pensar qué edad y qué reglas queremos para el uso de las redes sociales.

Idea 5. De big data a la amenaza al debate democrático

¿Cómo pasamos de una tecnología innovadora, basada en personalizar la experiencia del usuario, a una amenaza para la libertad? En parte, por falta de regulación: sin reglas claras, nada impide que la misma técnica se use con fines perversos.

La personalización permite adaptar la información a cada perfil. Y si conoces las creencias centrales de alguien, puedes diseñar mensajes falsos que justamente toquen esa fibra. Si mis simpatías son de izquierda, recibiré una “noticia” sobre cómo Mañalich y Piñera quisieron matar a la población chilena con su manejo de la pandemia, o sobre cómo la pandemia es un plan orquestado por corporaciones para controlar el mundo. Si son de derecha, me llegará que el estallido del 18 de octubre fue financiado por Maduro, que Soros quiere promover el aborto para reducir la población mundial o que Bachelet cobró de la ONU por cada migrante haitiano que entró al país.

La realidad es bastante más compleja y más aburrida. La mortalidad por covid en Chile puede entenderse más desde la inoperancia y los errores de gestión que desde un deseo de aumentar las muertes. La llegada de migrantes puede entenderse por una política migratoria diseñada en 1975 que no ha sido actualizada a la realidad actual.

Este tipo de contenido tiene un efecto claro: aumentar la polarización, erosionar las bases mínimas de convivencia democrática y la posibilidad de confiar en algunas certezas compartidas. Si me llevan de la mano a creer que las vacunas causan autismo o que la NASA falsifica las imágenes de la Tierra por un plan de reptilianos anunnakis, no queda sobre qué construir.

Además se forman burbujas ideológicas: si en mi red solo hay gente que piensa como yo, la posibilidad de confrontarme con ideas distintas es mínima, y el debate se vuelve imposible. Eso explica por qué, por ejemplo, la tuitósfera chilena daba por favorito a Marcel Claude en las elecciones de 2013 (sacó 2,81%), o por qué se hablaba del “liderazgo internacional del presidente Piñera” un mes antes del estallido de 2019. Repetir una frase hasta el cansancio no la convierte en realidad, pero hoy existen herramientas que encapsulan mi visión del mundo y personalizan mi acceso a la información, y eso puede ser usado para polarizar según la agenda de quien financie la campaña. Un ejemplo documentado en Chile es el análisis de CIPER sobre las “cuentas anómalas” en Twitter durante el proceso constituyente de 2020, que mostró cómo un número reducido de cuentas muy activas podía dominar una conversación.

Actualización 2026: la ley chilena de protección de datos personales (Ley 21.719) entra en vigencia el 1 de diciembre de 2026 y crea la Agencia de Protección de Datos Personales, reemplazando a la antigua Ley 19.628 de 1999. Cuando escribí este texto, la falta de regulación era casi total. Hoy hay un marco más moderno, con derechos como acceso, rectificación, oposición y portabilidad. Habrá que ver cómo se aplica en la práctica y qué tan bien se fiscaliza.

¿Cómo cuidarse?

Seamos honestos: usar cualquier dispositivo conectado ya es un riesgo inevitable. Estamos conectados 24×7, y hablar de autocuidado en la red a veces suena casi conspiranoico. No es paranoia, es higiene digital. Lo esencial es una idea simple: decidir cuánta información entregas, a quién y en qué plataforma.

Algunas medidas concretas, de menos a más esfuerzo:

  1. Revisa los permisos de tus apps (micrófono, ubicación, contactos, cámara). Muchas piden más de lo que necesitan.
  2. Resetea o elimina el ID de publicidad de tu teléfono. En iOS, activa “Pedir a las apps que no rastreen”; en Android, elimina el ID de publicidad desde los ajustes de privacidad.
  3. Usa un bloqueador de contenido como uBlock Origin y un navegador que limite el rastreo (Firefox, Brave o Safari con sus protecciones). Las cookies de terceros están en retirada, pero Chrome ha cambiado de postura varias veces sobre eliminarlas.
  4. Separa identidades. Usa contenedores de navegador (Firefox Multi-Account Containers) o perfiles distintos para trabajo, redes sociales y compras. Desconfía del botón “Iniciar sesión con Facebook/Google” cuando no es necesario.
  5. Filtra a nivel de red. Un DNS con bloqueo (NextDNS, AdGuard DNS o un Pi-hole en casa) corta una buena parte del rastreo para todos los dispositivos.
  6. Sé crítico con lo que consumes. Si algo te indigna mucho y te confirma justo lo que ya pensabas, esa es la señal para desconfiar y buscar otra fuente.
  7. Una VPN no resuelve todo. Cambia en quién confías (de tu proveedor de internet a la VPN), pero no elimina el rastreo por cuentas, cookies o fingerprinting.

Conclusión

No creo que haya que huir de internet ni demonizar la tecnología. Creo, eso sí, que entender cómo funciona es la primera defensa: saber que lo que ves es el resultado de un sistema diseñado para mantener tu atención, y que parte de lo que “pensamos por nuestra cuenta” fue sugerido por un algoritmo.

Quien entiende cómo lo rastrean puede decidir qué entregar. Y esa, al final, es la capacidad de agencia que vale la pena cuidar.

💡 Próximos pasos: elige hoy una sola medida de la lista (revisar los permisos de tus apps es la más rápida), cuéntame en los comentarios cuál aplicaste y, si te interesa el lado técnico, dime si quieres un tutorial paso a paso para filtrar el rastreo con DNS.

Para seguir leyendo

Las fuentes en las que me apoyé y que puedes revisar por tu cuenta:

Creencias, backfire y sesgos

Big data, política y plataformas (Chile)

Datos personales y regulación

En video (inglés)